Pero en uno de esos viajes, concretamente de Batán a Aluche, me pasó algo por lo que mereció la pena estar todo el día de un lado para otro.
En el vagón de metro había un niño con una mirada especial, parecía que estaba en el parque de atracciones, estaba como loco y es que, como me contó su cuidadora, era su primer viaje en metro. Y todo,era nuevo para él. Su cuidadora me habló de su país, de la fría Bulgaria donde tenía a su hija mientras ella cuidaba aquí a otro niño...y entre melancolía y secreto me explicó que el primero de marzo en su país es tradición regalar algo de color rojo y blanco hecho de hilo para atraer a la buena suerte. Su hija se encargaba cada año de enviarle por carta pulseritas o pequeños hilos para que las trenzara su madre, pero este año se olvidó de enviarlas...estaba de exámenes y se le pasó...
Por suerte esta señora tenía una amiga búlgara en Madrid que vendía productos típicos búlgaros y allí compró una pulsera para ese peque que seguía alucinado por los túneles del metro.
Pero para tener suerte no bastaba con la pulsera, había que ver una cigüeña y después formular un deseo.
La foto es de las muñequitas que me regaló esa señora valiente que hablaba de su país con nostalgia, una señora que no dejó de desearme suerte mientras bajaba del vagón. Un señora y un gesto por el que valió la pena vivir el primero de marzo.
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